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Tuesday, June 05, 2007

La masacre de Tiananmen: 15 años después y la reforma no llega

Por James A. Dorn
Ya han pasado 15 años desde las trágicas muertes de manifestantes pro-democracia en la plaza de Tiananmen en Junio de 1989 y 25 años desde que Deng Xiaoping se embarcó en las reformas económicas. Actualmente China es una de las economías más abiertas del mundo, con exportaciones más importaciones llegan a ser cerca de un 62 por ciento del PIB. Sin embargo, poco se ha hecho para limitar el poder que tiene el Partido Comunista Chino (CPP, según sus siglas en inglés) sobre los derechos humanos fundamentales.
Las libertades de expresión y asamblea son garantizadas en la Constitución china pero carecen de soporte en la ley. El CPP sigue usando su posición monopólica para enriquecer a los suyos a expensas del público. Los peces pequeños pueden ser agarrados pero es raro que los altos oficiales del partido sean destituidos o penalizados por comportamientos corruptos. Los líderes locales imponen impuestos arbitrarios a los agricultores; confiscan tierras sin compensación justa y los desarrolladores de bienes raíces en áreas urbanas usan sus conexiones dentro del Partido para despojar de sus propiedades a los viejos dueños que tienen pocos recursos para emprender acciones legales.
De esta manera, mientras que China ha puesto en regla sus relaciones comerciales, su progreso para poner en regla las libertades personales es deprimente. Ese fracaso impedirá que China desarrolle todo su potencial porque, a menos que las personas sean libres para perseguir sus sueños y ejercer sus derechos naturales a la libertad y propiedad, no pueden desarrollarse plenamente.
Las enmiendas recientes a la Constitución de la PRC (República Popular China, según sus siglas en inglés), que fue aprobada por el Congreso Nacional Popular (NPC, según sus siglas en inglés) en marzo de este año, suena bien pero carece de un mecanismo creíble de enforzar la ley. No existe un sistema judicial independiente ni una comisión constitucional que protege tanto a las personas como a la propiedad.
El Artículo 13 establece que “La propiedad privada legítima no puede ser violada”, y el Artículo 33 que “El Estado respeta y salvaguarda los derechos humanos”. Esas dos enmiendas indican la importancia creciente del sector privado para el futuro desarrollo de China. Como afirmó Wang Zhaoguo, vicepresidente del comité permanente del NPC: “Con desarrollo económico y una mejora en los niveles de vida, muchas personas tienen diversos niveles de propiedad privada o de factores de producción. Por lo tanto encuentran una necesidad fuerte y urgente para que sus propiedades sean protegidas”.
Infortunadamente, no es probable que el CCP socave su poder respetando los derechos de propiedad. La pura esencia del Partido Comunista es la de negarle a otros los derechos que exige para sí mismo y sólo la propiedad estatal se considera “sagrada”. La realidad es que la inequidad de poder, no de derechos, es la marca del CCP. En la “República Popular” algunas personas son más iguales que otras. Aquellos que se sientan en el Comité Permanente del Politburó son más iguales que los oficiales locales y los miembros del CCP son más iguales que los ciudadanos corrientes.
La relación entre el individuo y el estado es todo lo contrario. Como anota el reformador constitucional Cao Siyuan, los ciudadanos deberían ser los amos y el estado el siervo, pero es justamente lo opuesto. Aquellos que traten de volver el sistema político chino hacia la forma correcta serán tratados con dureza, como fueron tratados los valientes líderes del movimiento democrático y el ex Secretario General del Partido Comunista, Zhao Ziyang, quien continúa bajo arresto domiciliario simplemente por sugerir el diálogo en lugar de la fuerza para resolver el impase en la Plaza de Tiananmen.
Antes de 1989, China estaba comenzando a liberalizar su sistema tanto económico como político. Hoy, no puede regresarse a la planeación central, pero el legado de esa era es un aparato político que es inconsistente con los derechos a la propiedad privada y de libertad individual. Según Li Shuguang, un profesor de la Universidad de Política y Leyes de China, el código civil en ese país refleja la pérdida de libertad que trajo la economía planificada.
Sin duda la liberalización económica ha abierto grietas en el edificio estatal. Los individuos tienen más espacio personal que el que tenían antes del crecimiento del sector no estatal y existe una naciente sociedad civil que se está desarrollando por fuera de la sociedad política. La política ya no domina la vida cotidiana como lo hacía durante la Revolución Cultural.
Ahora las empresas estatales contribuyen tan sólo con un 20 por ciento de la producción industrial y emplean mucho menos trabajadores que incluso hace una década. Los individuos pueden poseer casas, viajar al exterior, usar la Internet, trabajar en el sector privado y hablar más libremente. Pero todas esas libertades están restringidas: el estado sigue controlando los medios de comunicación, limitando las opciones de inversión y prohibiendo la privatización masiva de sus activos.
La adherencia de Beijing al socialismo de mercado es entendible dados los ingresos que pueden saquear los oficiales del partido, esto debido a que continúan controlando los gastos de inversión y distribuyendo fondos por medio de la política en lugar de tasas de interés de mercado. Permitir la libertad del capital y la privatización masiva despolitizaría la vida económica y acabaría con el monopolio de poder del partido.
Puede ser que China no tenga más opción que abrir su mercado de capitales y permitir la libertad de prensa si quiere convertirse en un jugador estelar en los mercados financieros globales. Las fuerzas de la globalización y la revolución de la información pueden ser el camino de China hacia la libertad. La continua contracción del sector estatal eventualmente hará obsoleto al CCP. La reforma política entonces se hará desde abajo, como la reforma económica. El estado podría entonces desempeñar su rol legítimo de protección a los derechos humanos fundamentales y reconocer la propiedad privada como base de la libertad. Esa es la visión que todo liberal chino desea y que cada ciudadano chino merece.
James A. Dorn es Vicepresidente de Asuntos Académicos del CATO Institute.
Publicado por la Fundación Atlas 1853. Autorizada su reproducción en TransEnerCliMa.

Sunday, June 03, 2007

Discurso de Nicolás Sarkosy, nuevo Presidente de Francia

Discurso de Bercy, 29 de abril de 2007.
«El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás, ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable frente a los mercados, las multinacionales, los sindicatos, Internet. Se sostenía que en el mundo tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunden instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas, la política ya no jugaría más que un papel anecdótico y que ya no podría expresar una voluntad, porque el poder pronto estaría compartido, diluido, disperso en red; porque las fronteras estarían totalmente abiertas y los hombres, los capitales y las mercancías circularían sin obedecer a nadie.
Pero la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial.
Necesidad de nación
La necesidad de política tiene por corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a la necesidad de identidad frente a la mundialización, vivida como una empresa de uniformización y mercantilización del mundo en la que ya no quedaría lugar para la cultura y para los valores del espíritu. Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por todas partes la he encontrado en esta campaña; en todas partes me han hablado de ella gentes de toda condición. Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar.
Yo he querido volver a poner la voluntad política y Francia en el corazón del debate político. La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor.
Conjuraremos lo peor respetando a los franceses, manteniendo nuestros compromisos, respetando la palabra dada. Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a la política.
Contra los herederos de Mayo del 68
No me da miedo la palabra "moral". Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.
Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: "Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas". Así la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador.
La izquierda hipócrita
Los herederos de Mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política. Todos esos políticos que reivindican la herencia de Mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos.
Proclaman: "Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago". Ésa es la izquierda heredera de Mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los Privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún "okupa", pero que no aceptaría que se instalaran en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y Mayo del 68 ha elegido Mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.
Ésa es la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de Mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo, quiero devolver al trabajador el primer lugar en la sociedad.
Liquidar la herencia de Mayo del 68
La herencia de Mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en Mayo del 68 gritaban "CRS = SS", toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: "Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud". Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia. Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de Mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República.
En estas elecciones se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o
si puede ser liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la página de Mayo del 68. Pero tiene que ser más que un gesto. No hay que contentarse con poner banderas en los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en vez de la Internacional en los mítines del Partido Socialista. No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la "provocación" y el "Estado policial" cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad.
Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de Mayo del 68, con el cinismo de Mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la nación. Les propongo reconstruir un Estado que haga realmente su trabajo y que, en consecuencia, domine las feudalidades, los corporativismos y los intereses particulares. Les propongo rehacer una República una e indivisible contra todos los comunitarismos y todos los separatismos. Les propongo reedificar una nación que de nuevo esté orgullosa de sí misma.
Ciudadanía de deberes
Al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de Mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de Mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo. Yo creo en la libertad individual, pero quiero compensar el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes.
Quiero derechos nuevos, derechos reales y no virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo largo de toda la vida. Quiero el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado. Quiero el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.
Pero quiero que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de Mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad.
Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada.
Publicado por Fundación Atlas 1853. Autorizada su reproducción en TransEnerCliMa. El resaltado en negritas y colores son de TransEnerCliMa.

Monday, May 14, 2007

Suecia comienza a desarmar su esquema socialista

Por Emilio J. Cárdenas
Imagen: Emilio J. Cárdenas

El nuevo gobierno de centro sueco se propone realizar una serie de reformas que incluyen la eliminación del impuesto a los bienes personales, la creación de incentivos tributarios que estimulen la inversión y la privatización de activos en manos del sector público.
“Admitámoslo, camaradas, la modernidad o la globalización no son un invento imperialista. Son realidades y está en nosotros transformarlas en oportunidades.”— Michelle Bachelet, presidenta de Chile, en su poco difundido discurso inaugural de la última reunión anual de la Internacional Socialista.
En septiembre del año pasado, una coalición de partidos políticos de centro derrotó al socialismo sueco y accedió al gobierno de su país con mayoría parlamentaria propia.
Cumpliendo con sus promesas electorales, el joven primer ministro, Fredrik Reinfeldt, de 42 años, puso rápidamente en marcha la estrategia para concretar algunas reformas que afectan a los cimientos mismos de la estructura socialista que Suecia fue edificando a lo largo de varias décadas.
A diferencia del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, Reinfeldt acaba de anunciar que derogará el impuesto a los bienes personales, cuya tasa, en Suecia, es del 1,5% anual.
Para Solá, la reciente adopción del mismo tributo en la provincia que administra, que no existía hasta ahora, tiene un sentido simbólico: el de redistribuir la riqueza.
Para Reinfeldt, la derogación de ese impuesto tiene también un sentido simbólico, aunque muy distinto. Diametralmente opuesto. Pese a que, en términos de ingresos, el mencionado impuesto a la riqueza no es importante cuando se lo compara con otros tributos y a que sólo el 2,5% de los contribuyentes suecos lo pagan, la experiencia de Suecia sugiere que este tipo de impuesto ha provocado a lo largo de los años una distorsiva fuga de capitales y una dramática caída de la inversión en esa nación.
Para muchos, el impuesto a los bienes personales reduce los incentivos a la inversión, a punto tal que entre todos los miembros de la Unión Europea, en las cifras que miden el porcentaje de la actividad económica en manos nacionales, Suecia está ubicada en un lamentable 18° lugar. Esto es natural, porque —frente a un impuesto como el que ahora será abolido— los emprendedores prefieren que el capital sujeto al mismo, en lugar de aumentar, se reduzca, para bajar la carga fiscal.
Luego de abolir el impuesto a los bienes personales, con absoluta coherencia, el gobierno de Reinfeldt se propone también ofrecer a los inversores, particularmente a aquellos que pertenecen al universo de las pequeñas y medianas empresas, incentivos tributarios importantes, que estimulen la inversión. Reinfeldt y Solá pertenecen, obviamente, a universos intelectuales bien distintos.
En paralelo con lo antedicho, Reinfeldt anunció que en los próximos tres años privatizará buena parte de los activos que hoy están en manos del sector público, esfuerzo del que espera obtener unos 21.800 millones de dólares para el erario común. La privatización será abierta y todos los inversores extranjeros, cualquiera sea su origen, podrán participar en ella.
En la actualidad, el gobierno sueco participa en 57 empresas o grupos distintos, que hoy emplean a unas 200.000 personas. Esto que incluye el 19,5% de Nordea (el más grande banco regional), el 45,3% de TeliaSonera (la empresa telefónica local), el 6,7% de OMX (la operadora de la Bolsa local), el 21,4% de SAS (la aerolínea de bandera sueca), además de una participación en V&S (el fabricante de licores, entre los cuales está el conocido vodka Absolut). El gobierno tiene también participación en propiedades inmuebles y empresas farmacéuticas.
El calendario para las privatizaciones programadas todavía no se conoce, pero el gobierno está trabajando activamente en el respectivo programa, que pronto se dará a conocer.
La Suecia socialista parece así estar dando paso a lo que el primer ministro Reinfeldt llama “un país normal”. Nosotros, comparativamente, vamos camino a lo que Reinfeldt seguramente llamaría “un país anormal”, lo que es muy diferente.
Emilio J. Cárdenas, Embajador, ex – Representante Permanente de la Argentina ante la ONU.
Artículo publicado por la Fundación Atlas 1853 de Argentina, quien autorizó su publicación en TransEnerCliMa.