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Tuesday, December 23, 2008

El capitalismo, la democracia y la integridad

DESARROLLO ARMONICO – DESARROLLO SUSTENTABLE – POLITICA INTERNACIONAL – ECONOMIA INTERNACIONAL – SISTEMA CAPITALISTA – HISTORIA UNIVERSAL - DEMOCRACIA
Por Mariano Grondona
Domingo 21 de diciembre de 2008 Publicado en edición impresa
La gigantesca "bicicleta" urdida por el inversor Bernard Madoff, que desembocó en el procesamiento criminal de su autor, llamó la atención por su incomparable magnitud (50.000 millones de dólares), pero sólo vino a confirmar la seguidilla de quiebras, malversaciones y escándalos de toda índole que han acompañado la actual crisis financiera internacional. Desde la desmesura de los préstamos hipotecarios hasta la infinita sofisticación de los "derivados" que sólo existían en las alucinantes computadoras de sus creadores, hemos asistido a la formación de una ola colosal de irresponsabilidad, de la cual han participado centenares y miles de grandes o pequeños "Madoff", al lado del descuido o la complicidad de las autoridades. Por eso es que, sobre todo sus enemigos, ahora hablan muy sueltos de cuerpo del "fin del capitalismo".
Hoy pareciera una humorada recordar que el capitalismo nació como un movimiento religioso. Esta fue, sin embargo, la tesis casi universalmente aceptada del sociólogo alemán Max Weber en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Según Weber, hacia los siglos XVI y XVII, cuando irrumpió el capitalismo, los europeos estaban todavía imbuidos de un espíritu religioso. Lo cual quiere decir que todavía les importaba, más que esta vida, la otra, es decir, la salvación. La manera tradicional de alcanzarla era un tipo de religiosidad que Weber llamó publicana, en recuerdo de la oración del publicano en el Evangelio, que, reconociéndose pecador, todo lo esperaba de la misericordia de Dios. Por eso para esta tradición, que imperaba en el catolicismo, el éxito en esta vida era peligroso para la otra vida, por alimentar la soberbia. De ahí la advertencia evangélica según la cual es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos.
Pero el puritanismo protestante, particularmente Calvino, quitó todo valor a la tradicional "tecnología católica" de la salvación, con su confesión, sus santos y sus escapularios, al afirmar que la salvación y la condenación eterna de las almas dependían exclusivamente de una decisión inescrutable del Creador. Esta tesis generó una intensa angustia entre los fieles puritanos, que acudieron en masa a sus pastores para que los consolaran. Estos les dijeron entonces que, si bien estaban privados de la tranquilidad que otorgaba a los católicos la confesión, podían deducir que habían sido elegidos para la salvación eterna por el éxito que alcanzaran en esta vida.
A este nuevo tipo de religiosidad, Weber la llamó farisea, en recuerdo de la oración del fariseo en el Evangelio cuando, por oposición al publicano, se jactó de su perfección delante de Dios. Al introducir esta interpretación allí donde predominaban, la Europa del Norte y los Estados Unidos, los pastores puritanos precipitaron una revolución no sólo religiosa, sino también económica mediante la cual consagraron el éxito en esta vida como una premisa de la salvación. De ahí en más, los habitantes del mundo moderno pudieron buscar el enriquecimiento con un fervor casi religioso, porque en él les iba la salvación aunque, eso sí, la nueva vía no serviría sino en línea recta, sin trampas, con integridad, porque Dios mira en el interior de las conciencias. Con el tiempo, también los católicos y los no católicos seguirían esta vía, so pena de quedar excluidos de la fabulosa prosperidad que anunciaba el capitalismo.
Cimientos
A la vista de lo que hoy sucede en la vorágine de los mercados, no es que estemos asistiendo entonces al fin del capitalismo como tal, sino a un olvido peligroso de sus cimientos morales. El respeto de la palabra empeñada, la santidad de los contratos, el valor del ahorro frente al gasto, la renuncia a la ganancia instantánea en vez del esfuerzo y del trabajo, ese imperativo moral que cultivaron nuestros abuelos cuando bajaban de los barcos, esto es lo que hoy corre peligro. La receta no tendría que ser entonces abandonar el capitalismo como un barco que se hunde sino, al contrario, volver a sus fuentes, rescatar la ética "victoriana" de nuestros mayores. Por otra parte, ¿son acaso los Madoff de hoy una mayoría o una minoría aprovechada? ¿No son millones los que sueñan todavía en un mundo donde no imperen la mentira y el engaño, sino la fundada confianza en la rectitud del otro?
Aunque no nos queda mucho espacio, podríamos deslizar todavía algunas líneas en defensa del otro gran componente moral de nuestro mundo, la democracia. También ella proviene de una ética exigente nacida de una tradición más antigua aún que el capitalismo: la ética del ciudadano que Pericles exaltó hace más de dos mil años en su elogio fúnebre de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Si de un lado tenemos entonces al productor honrado, al trabajador empeñoso, al poseído por una sana ética del progreso económico, del otro tenemos al dirigente político o social que busca el bien común y al ciudadano que así se lo exige. En esta otra gran tradición figuran nombres maravillosos como los de Platón, Aristóteles, Locke, Rousseau, Montesquieu, Moreno y Alberdi.
De alguna manera, la gran tradición democrática viene de ser exaltada otra vez con el largo y ejemplar proceso que resultó en la elección de Barack Obama. Gracias a ella, mucha gente ha vuelto a confiar en la democracia. Pero, así como el verdadero capitalismo ha sido defraudado por los Madoff de hoy, ¿qué podría decirse de las democracias contaminadas como la nuestra, afectadas como están por la "corrupción desenfrenada", que denunció anteayer Marcos Aguinis en LA NACION?
Integridad
Al mundo que habitamos no le sobra por lo visto ni el capitalismo ni la democracia, sino que le falta la condición básica de ambos: la integridad. La palabra "integridad" es aquí insustituible porque está vinculada al latín tangere, que significa "tocar". La persona "íntegra" lo es, entonces, porque no está "tocada" por la contaminación, porque está "intacta", "entera". Lo cual quiere decir, en última instancia, que su escala de valores no ha sido alterada. Al tope de esta escala de valores figuran, en las épocas de apogeo, el patriotismo en lo político y el trabajo en lo económico. La verdadera democracia y el verdadero capitalismo. Cuando estos valores desfallecen, dejan un vacío que ocupa el dinero. Pero no el dinero como instrumento útil de intercambio y de acumulación, sino como usurpador de la cima de una escala de valores. El dinero como ídolo.
Ya lo reconocía Quevedo en su famosa letrilla: "Poderoso caballero es don Dinero / Madre, yo al oro me humillo; / él es mi amante y mi amado, / pues de puro enamorado, / de continuo anda amarillo". El gran columnista Walter Lippmann se preguntaba entonces, a propósito de la corrupción política, ¿por qué razón una persona a la que no la habitan ideales habría de dedicarse a la política si no esperase de ella mayores ingresos de los que podría depararle la actividad privada? Y a propósito de la corrupción económica, podríamos agregar, ¿por qué razón una persona a la que no la habita una vocación por el trabajo habría de dedicarse a la especulación si no esperase de ella mayores ingresos de los que podría esperar de su vocación? Ambas preguntas concurren a una misma conclusión: tanto en la política como en la economía, cuando al tope de la escala de valores se instala el dinero, ya sea bajo la forma de una "caja" dominante o de una ganancia especulativa, lo que sobreviene no es la democracia ni el capitalismo, sino sus máscaras grotescas en un impiadoso carnaval.
Publicado por LA NACION.

Wednesday, November 26, 2008

Chávez: el límite es el fraude

DESARROLLO ARMONICO – DESARROLLO SUSTENTABLE – POLITICA INTERNACIONAL - DEMOCRACIA - POPULISMOS
Por Mariano Grondona
Especial para lanacion.com
Miércoles 26 de noviembre de 2008 01:44 (actualizado a las 03:18)
Cuando un país está gobernado desde hace diez años por un presidente populista y autoritario, cada vez que sus ciudadanos son convocados a las urnas asoma el temor del fraude. Pero si ese presidente perdiera por dos veces consecutivas las elecciones, ¿habría que absolverlo de toda sospecha? Hace un año, el presidente Chávez perdió el plebiscito mediante el cual pretendía prolongarse indefinidamente en el poder. Ahora, ha vuelto a perder en las elecciones locales de los cinco distritos más ricos y poblados de Venezuela, incluida Caracas. ¿Diremos entonces que se ha convertido en un presidente democrático? La derrota, ¿garantiza la transparencia?
En su significación "fuerte", el fraude es la pura y simple falsificación de la voluntad popular. En su significación "débil", el fraude es una alteración de la voluntad popular que no llega a falsificarla enteramente. Se dice con serios fundamentos que hace un año, cuando fue derrotado por el "no" a su pretensión de reeleccionismo indefinido, una vez que las Fuerzas Armadas impidieron que falsificara groseramente las cifras de esta negativa, Chávez logró que ellas le toleraran al menos una alteración que amortiguó el impacto de su derrota. El suyo fue en ese entonces un fraude "débil", insuficiente para afirmar sin más que Venezuela se había quedado sin democracia.
Esta vez, al amenazar que sacaría los tanques a la calle si perdía las elecciones locales y al apretar como nunca las clavijas del clientelismo gracias a las cuales todavía consigue hacer como que gana en los distritos rurales más pobres, Chávez alteró de nuevo las cifras de lo que debió haber sido una elección insospechable, pero también hay que reconocer que la reiteración de este fraude "débil" no logró disimular su derrota. Aun en el borde del autoritarismo, pues, Venezuela continúa siendo una democracia.
El plazo presidencial de Chávez se extinguirá en 2013. Después de estas dos derrotas consecutivas, la esperanza de los venezolanos que aman la democracia se ha reforzado. Como van las cosas, ahora es más posible que nunca que, de aquí a cinco años, consigan desplazarlo definitivamente. Si, llevado por la desesperación, Chávez llegara a urdir en adelante algún fraude "fuerte", Venezuela perdería el residuo democrático que aún le queda. Pero si Chávez atravesara esta frontera, se convertiría en un dictador sin atenuantes. ¿Se animará a hacerlo en un país que ya le está dando la espalda? Si lo intentara, ¿no abriría la Caja de Pandora de la resistencia a la opresión?
Publicado por LA NACION.
Comentario TransEnerCliMa:
como dijo Sir Winston Churchill: “La democracia es un pésimo sistema pero no conozco otro mejor”, luego, creo que debemos luchar todos para ganar día a día la verdadera democracia en el mundo.

Monday, June 18, 2007

El hipnótico modelo populista

Por Marcos Aguinis
Ningún régimen populista ha logrado (o ha querido seriamente) acabar a fondo con la pobreza, estimular una educación abierta ni desmontar el fanatismo. Sus programas no apuntan a un desarrollo sostenido y firme. No le interesan los derechos individuales ni la majestad de las instituciones republicanas. Por el contrario, exageran el asistencialismo mendicante, imponen doctrinas tendenciosas y exaltan diversos tipos de animosidad para conseguir la adhesión de multitudes carenciadas, explotadas, resentidas o enturbiadas por la confusión. Armando Ribas atribuye al socialismo autoritario un método que también yo percibo en los regímenes fascistas o populistas: crear un enemigo externo, un enemigo interno y un enemigo... anterior. Además de poner siempre la culpa afuera, la inyectan contra lo que ocurrió antes para, de esa forma, depredar sin límites.
En la Argentina tenemos ejemplos de sobra. En la actualidad se acusa de todos los males a la década del 90, es decir, el enemigo anterior. En esa década la Alianza sólo gobernó 20 días. El resto de los 90 fue responsabilidad de los peronistas populistas "menemistas". Pero resulta que esos menemistas son los mismos que ahora están amontonados en el poder; que elogiaron, rodearon, apuntalaron y se arrodillaron ante Menem. Es una situación tan grotesca que no habría podido describir ni Ionesco en su teatro del absurdo. Las actuales autoridades pertenecían al mismo partido político, aplaudían todas las decisiones de Menem, lo ayudaron a ser reelegido y le rendían tributo en toda ocasión como impúdicos lacayos. Resulta que ahora se contonean, orondos de ser el modelo opuesto. ¡Vaya magia! ¡O vaya ilusionismo! ¡O vaya caradurez!
El sistema populista no se sustenta en ideas, por eso es pragmático y cambia según los vientos. En sus cúpulas argentinas caben el variable Perón, la feérica mitología de Evita, la criminalidad de López Rega, la portación de apellido de una Isabelita que da lástima, la ensalada facho-bolche de los montoneros, la ineficaz renovación de Cafiero y compañía, las privatizaciones monopólicas de Menem, el caudillismo de Duhalde, los imbatibles sindicatos y el seudo progresismo de Kirchner. Todo eso y quizás algunos nuevos productos llamados "superadores" seguirán manteniendo acorralado nuestro país en un mareante festival de mediocridad e irrelevancia (Dios y los argentinos no lo permitan).
El mexicano Enrique Krauze ha descrito con filoso escalpelo los rasgos sobresalientes del modelo populista, a los que añadiremos otros igualmente notables. Asegura Krauze que nunca falta el personalismo, porque el partido o el movimiento se construyen en torno de una figura providencial. Los casos de Getulio Vargas, Perón, Nasser, Chávez, Menem o Kirchner son botones de una innumerable muestra. El líder es un demagogo, porque se acomoda, miente, halaga y desacredita según convenga al crecimiento de su poder. Mencken definió al demagogo como "alguien que dice cosas falsas a gente que considera idiotas". Seduce con actitudes que embelesan, como besar niños, mezclarse con la multitud, abrazar pobres y desconocidos, prometer maravillas. Al mismo tiempo, es duro con aquellos a quienes esa masa manifiesta antipatía, al extremo de prender muchas hogueras de odio.
No hay régimen populista que tolere la absoluta libertad de prensa. Debemos reconocer que en la Argentina el populismo de Menem casi no molestó a la prensa, sino que tuvo la picardía de usar muchos chistes, caricaturas y condenas para revertirlas en su beneficio. Pero no fue el caso de Perón, que expropió un diario, amordazó a otros y privó de la radio a la oposición. En la actualidad, los pseudoprogres han censurado en diversas ocasiones y de diferentes modos a periodistas y medios. De Chávez ni hablar. Evo Morales sigue el mismo camino.
El presupuesto nacional siempre es manipulado con arbitrariedad. Los controles son silenciados o ninguneados. El modelo populista identifica fondos del Estado con fondos del gobierno o -peor aún- fondos de quien tiene el mango del poder. Los usa a discreción para someter opositores, cooptar voluntades y hacerse propaganda. Los venezolanos llaman "regaladera" a los millones de petrodólares que Chávez distribuye arbitrariamente para avanzar en su proyecto narcisista-leninista (Oppenheimer dixit) y convertirse en el monarca del continente. En la Argentina, siguiendo su ejemplo, se violó el artículo 29 de la Constitución para que el jefe de Gabinete haga con el presupuesto todo lo que su patrón quiera, sin control de ningún tipo. Sólo falta jibarizar la Auditoría para que no reste una sola atadura. El populista es un modelo que se ríe de las ingenuas y frágiles limitaciones de la transparencia republicana.
Tampoco faltan las alianzas con la "burguesía nacional" o los "empresarios patrióticos", es decir, aquellos que prefieren coimear funcionarios para obtener privilegios que producir en forma realmente competitiva. Varios empresarios venezolanos ya tienen instaladas sus familias en Miami, pero siguen haciendo pingües arreglos con la casta chavista-militar corrupta encaramada en el gobierno. Aquí, muchos funcionarios progres ahora son socios de grandes empresas o reciben interesantes peajes. Por algo el imaginario de la calle los llama "teléfono celular": hay que poner el 15 antes de seguir adelante. Y quienes logran juntar un dinerito lo mandan afuera, a países más seguros, por las dudas.
El modelo populista no se priva de atizar el odio, como dijimos antes. Perón contra la oligarquía y los contreras; Evo Morales contra los blancos; Chávez contra los ricos (que no los incluyen a él y sus leales); Kirchner contra los 90 (que tampoco los incluyen a él y sus leales). Pero debo corregirme: a menudo los enemigos de afuera, de adentro y de atrás son varios, con lo cual es más fácil provocar una cadena de iracundia catártica, antidemocrática y regresiva. Desde el atril de la Casa Rosada, por ejemplo, este modelo de "crecimiento" y felicidad populista, mal llamado progre, ha lanzado metralla gruesa contra empresarios, militares, sacerdotes, periodistas y opositores de hoy, ayer y antes de ayer. Como si fuera poco, "no pudo prohibir" que Chávez viniese a ladrar desde Buenos Aires contra Estados Unidos, Uruguay, Brasil, la OEA y todo lo que pretenda poner algún freno a sus arengas deslenguadas de papagayo matón.
También pertenece a este modelo su desdén hacia el orden legal. Igual que en las monarquías absolutistas -y como asimismo nos enseñaron los caudillos "dueños de vidas y haciendas"-, la ley es apenas un traje que se ajusta a gusto y medida. ¿No cambió Menem la Constitución para hacerse reelegir? ¿No convocó Chávez a una Constituyente apenas asumió? ¿No hizo lo mismo Evo Morales? ¿No los imita Correa en Ecuador? ¿No se han demorado, burlado y distorsionado disposiciones de la reforma constitucional de 1994 en la Argentina, con la manipulación del Consejo de la Magistratura, el otorgamiento de superpoderes al Ejecutivo y la lluvia de los decretos de necesidad y urgencia, cuando ni siquiera hay urgencia ni necesidad, sino el propósito de impedir que se ventilen algunas cosas?
Por supuesto que el modelo populista no se resigna a la alternancia, sino que quiere quedarse atornillado al trono. Reelección ilimitada o presidencia vitalicia, quizás incluso hereditaria, como en Siria. Algunos lo expresan sin sonrojo. Pero en la Argentina ni un adivino hubiese podido concebir que esa eternidad en el trono podría ejercerse mediante una secuencia conyugal que burle para siempre los principios de la democracia (recurso iniciado en Santiago del Estero y ahora a punto de convertirse en nacional).
A todas esas características no les falta el cultivo de la utopía. Es decir, la promesa de que se avanza hacia un futuro espléndido. Es un espejismo que se machaca con tenacidad, lo mismo que echarles la culpa a otros y al pasado para encubrir la ineficiencia de la gestión actual y tapar los síntomas del deterioro. La hipnosis de repetir que se han logrado resultados brillantes con este modelo populista, y que serán aún mejores, no deja de aturdir y convencer. Mientras, nos resignamos a la mediocridad de seguir navegando sin rumbo.
Lo cierto es que el culto de la personalidad -en torno de la cual se construye casi todo-, la ausencia de controles republicanos, la inestabilidad jurídica, la falta de visión estratégica, la creciente crispación del odio y el objetivo excluyente de mantenerse en el poder a toda costa sabotean el progreso real. Con semejante clima no se pueden esperar inversiones genuinas y caudalosas ni se puede esperar que los argentinos regresen los miles de millones de dólares enviados al exterior por desconfianza en la enclenque ley argentina. Ni siquiera se aclara por dónde andan los millones que el Presidente envió afuera cuando gobernaba Santa Cruz y que afirma, con un misterio propio de las novelas de suspenso, que ya volvieron, pero no sabe qué se hace con ellos.
El modelo socialista democrático (no populista) de Chile, Brasil y Uruguay -para sólo citar nuestros vecinos- está libre de todas las pústulas mencionadas a lo largo de esta columna. No practican la hipnosis del personalismo, no manipulan los medios de comunicación, no usan de forma arbitraria el presupuesto, no alientan el odio, no desprecian el orden legal, no agrietan la estabilidad jurídica, no temen la alternancia, no descalifican a la oposición, no espantan las inversiones caudalosas sino que las reciben con buenos contratos, se abren al comercio mundial, no distorsionan los índices para engañar a la ciudadanía y hasta cuidan el lenguaje. Por eso crecen más rápido, son previsibles y más confiables. Por eso nos van empujando hacia el extremo caudal del continente y del mundo, pese a las potencialidades que seguimos manteniendo inactivas por culpa de este modelo populista que hipnotiza, embrutece y esclerosa.
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=917448%20
Publicado por Fundación Atlas 1853. Autorizada su reproducción en TransEnerCliMa.